lunes, 30 de enero de 2012

La ciudad de los blancos

Dije hace un par de entradas que había pasado dos meses fuera de Nairobi por diversos motivos. Lo cual, como medida de higiene mental, no está nada mal. Ha coincidido que en este tiempo he podido leerme un libro que me recomendó hace tiempo una amiga: Los Papalagi, de Eric Scheurmann. Los textos serían discursos que (cito tal cual viene en su entrada en la Wikipedia) el jefe samoano Tuiavii de Tiavea dirige a sus conciudadanos, en los que describe un supuesto viaje por Europa en el periodo justamente anterior a la Primera Guerra Mundial. Erich Scheurmann habría sido testigo de tales discursos, y los habría traducido al alemán. Y no es ni mucho menos lo mismo, pero después de un tiempo sin ir a España, y luego al volver a Nairobi tras una estancia española tan prolongada, hay algunas cosas que me siguen resultando curiosas.

He aquí un pequeño relato sobre cómo vi la ciudad de los blancos (Madrid), en comparación con la ciudad de los negros (Nairobi).


En la ciudad de los blancos, todo se moldea al antojo del hombre. La noche es noche hasta que se desee, pues las ventanas se ciegan con un instrumento llamado persiana. Estas persianas hacen perder la noción del tiempo y te desorientan, porque tapan toda la luz que el Sol pueda emitir. Se colocan sobre las ventanas y se desenrrollan mediante un mecanismo accionado por una cuerda.

También es de día siempre que se quiera, con luces por todas partes que hacen que no se eche en falta el Sol. En determinadas fechas, las ciudades se inundan de luces de colores, además de la de las farolas, que rara vez se estropean. Los postes de la luz no están a la vista y dicen que los cables son subterráneos. La electricidad, además, no se corta nunca. Ni siquiera cuando ha pasado una temporada sin lluvias, o si hay una gran tormenta.


De todas formas, las tormentas de la ciudad de los blancos, aquella de la luz perenne, no son ni tan fuertes ni tan prolongadas como las de la ciudad de los negros. El calor allí es muy fuerte en su temporada seca de verano, pero durante su invierno, el frío obliga a vestir gruesas prendas que evitan que sufran terribles cuchilladas heladoras por las bajas temperaturas. Incluso dicen que, en ocasiones, el frío es tan atroz que del cielo cae nieve, como la que corona el Monte Kenya.


Y, aunque los hay, no hacen falta limpiadores de zapatos, porque las aceras no se embarran cuando llueve, ni hay polvo que pueda ensuciar el calzado. Todas las aceras están asfaltadas y pavimentadas, como en las mejores calles de la ciudad de los negros.


En la ciudad donde el día y la noche son obra del hombre, las tiendas siempre aparecen repletas de productos y rara vez carecen de lo que buscas. Además, tienen un horario extraño desde la mañana hasta bien pasada la hora en la que cae el sol. En algunas partes del país en el que está la ciudad de los blancos, las tiendas se cierran para que los comerciantes puedan comer y luego retomar la actividad. Algunos de ellos incluso duermen tras la comida, algo que denominan siesta. En estos comercios, los precios son fijos y no se aceptan regateos.


Los vehículos circulan sin problemas en la ciudad de los blancos. Aunque a veces se forman pequeños embotellamientos, poco o nada tienen que ver con los de la ciudad de los negros, en los que un trayecto de veinte minutos puede llevar cuatro horas a ciertas horas del día. ¡Y eso que los conductores respetan los semáforos y las señales de las carreteras! Cuando algún conductor las incumple y hay un policía cerca, éste seguramente le pare y le haga pagar una multa, cuyo importe irá a las arcas del Estado. El conductor poco podrá hacer por cambiar esta situación, ya que los policías, por lo general, no aceptan ningún tipo de soborno. Además los agentes no tienen una actitud desafiante, como en la ciudad de los negros, en la que sus kalashnikovs son bien visibles.


El transporte urbano circula por debajo y por encima de la tierra. Los matatus de la ciudad de los blancos son limpios y grandes. Algunos de ellos hasta tienen internet, de la que puedes hacer uso gratuito mientras estás dentro.


Las calles, sin embargo, aparecen mucho más tristes, y no tienen casi árboles, o, de haberlos, son de pequeño tamaño. Y por ellas circula una inmensa población de ancianos que, como casi todos en esa ciudad, son también blancos.


Y para hacerse una idea más aproximada de lo que es Nairobi, pueden leer lo que escribió Chemi Calatayud hace unos días.

4 comentarios:

Rocio dijo...

Me ha encantado. Sé perfectamente cómo se siente uno al volver y compararlo todo. Hay tantos matices...Muchisimas gracias por recordarme la belleza de Africa

Rocio dijo...

Por cierto, nos estamos siguiendo vía twitter también :) Soy @RocioSimonMart

Javier Triana dijo...

Gracias por los comentarios, Rocío :) Me alegro de que te gustara la entrada. La verdad es que volver a amoldar los ojos a esta realidad es, cuando menos, curioso. Un saludo!

sanbru dijo...

Muy chulo este post, la verdad que después de leerme el chorizo de conversación entre África y China del post anterior, interesante para conocer los designios de este globalizado planeta, me han hecho gracia tus comparaciones.

Y más y más que podrían salir imagino...