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martes, 24 de febrero de 2015

El nuevo Amazonas

Excavadoras en acción en el sur de la isla de Borneo. Foto: J. Triana.

Un camión recorta el paisaje a toda prisa dejando tras de sí una nube de polvo. Se divisan centenares de metros de hierbajos, matorrales y, sobre todo, algunas palmas aceiteras algo más adultas que empiezan a destacar. Al fondo, una muralla de bosque. Y cinco excavadoras azules que se entretienen tumbando los árboles. Son casi cuarenta kilómetros cuadrados cuya explotación ha cedido el Gobierno de Indonesia a la empresa singapuresa Bumitama Gunajaya Agro (BGA), justo en las lindes del Parque Natural de Tanjung Puting, en el sur de la isla de Borneo.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Renacer tras el tsunami

Nur Raihan y sus hijos en la actualidad, en el parque de Blang Padang, en Banda Aceh. Tras el tsunami, el parque quedó cubierto de cascotes y cadáveres.

Nur Raihan y su marido, Dendy Montgomery, están vivos de casualidad y lo saben. Eran las 07:59 de la mañana (hora local) del 26 de diciembre de 2004, cuando un terremoto de 9,1 grados de magnitud en la escala Richter sacudía todo el Océano Índico. Su epicentro, a 30 kilómetros de profundidad, estaba situado a unas decenas de kilómetros de las costas de la isla indonesia de Sumatra. En su extremo norte, la ciudad de Banda Aceh había visto caer varios de sus edificios. La deformación profesional de Nur y Dendy, ambos periodistas, les llevó a pensar solo en desplazarse lo antes posible al centro urbano para informar de lo acontecido. Así que saltaron en su jeep y empezaron a entrevistar a supervivientes tras el derrumbe de un hotel junto a la Gran Mezquita de Baiturraham. “Mi marido se había subido a la verja de la mezquita a grabar y, de repente, me empezó a gritar: '¡Corre! ¡Corre!'”, relata Nur a. Había divisado el tsunami que costaría la vida de 230.000 personas en una quincena de países de Asia y hasta en África.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Cicatrices de la gran ola

Voluntarios trasladan cadáveres en Ule Lhee, en Banda Aceh, en enero del 2005. Foto: AFP.

Vi una ola gigantesca y supe que algo malo iba a pasar. No era un día de tormenta y me extrañó que se pudiera formar una ola tan grande. Nadie sabía qué era aquello”. El indonesio Beri Kurnidai perdió a toda su familia el 26 de diciembre de 2004. Entonces tenía 19 años. Su ciudad natal, Banda Aceh, en el extremo septentrional de la isla de Sumatra, fue la más afectada: unas 170.000 perecieron cuando aquella ola gigantesca se precipitó sobre la costa. Una veintena de países del sur de Asia, Oceanía y África se vieron afectados, y el cómputo total de cadáveres y desaparecidos superó los 230.000.

jueves, 18 de diciembre de 2014

"Para frenar el cambio climático hay que combatir la pobreza"



El pasado año, Yeb Saño saltó a la fama mundial sin querer: días después de que Haiyán, el tifón más potente jamás registrado, arrasara su Filipinas natal, Saño rompió a llorar en la cumbre del clima de Varsovia, en medio de un emotivo discurso en el que pedía acción inmediata para contrarrestar los efectos del cambio climático. Ahora afronta la nueva cumbre del clima de la ONU, en Lima, [concluida el pasado domingo con el enésimo acuerdo decepcionante] con un cierto desánimo en lo relativo a la efectividad de estas reuniones. El comisario filipino de Cambio Climático quiere compromisos y puestas en práctica reales. “Retrasar más las actuaciones en este campo es condenar a las poblaciones más vulnerables”, asegura.

martes, 16 de diciembre de 2014

Deshielo polar, desafío tropical

Alexandre Angco, junto a su mujer y su hija en casa. Foto: Álvaro Barrantes.

Alejandre Angco es albañil improvisado. Lo suyo son el mar y las redes, pero el paso del tifón Hiayán (el más potente de la historia, y que dejó más de 6.000 muertos en Filipinas el pasado año) tronchó varias ramas de los árboles bajo los cuales estacionaba su barca, en tierra. Muchas cayeron sobre el bote y lo dejaron casi inutilizable para la pesca. La alternativa laboral fue la más recurrente en un país propenso a la catástrofe natural: la industria de la reconstrucción. Ha transcurrido un año desde Haiyán, y Alejandre aún no ha podido permitirse reparar su vivienda del todo, una chabola de bambú, rafia y chapa sobre las aguas que bañan la isla filipina de Corón. Está en una barriada a las afueras de la capital de la isla, cerca del cementerio. Muchas de las casas son precarias, como la suya y la de su hermano Aladin, y están levantadas totalmente sobre el mar. Cuando llegó el tifón, hubieron de resguardarse en la vivienda de un familiar, de cemento y sita en tierra firme. Alejandre, Aladin y su sobrino Jackson Angco, todos ellos pescadores, son algunas de las miles de víctimas del cambio climático en una de las zonas más afectadas del planeta.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Cien bebés al día

Maternidad del Hsopital Memorial José Fabella de Manila. Foto: Nacho Hernández.
 
Si la esquizofrenia fuera un lugar, es probable que se tratara del Hospital Memorial José Fabella. Ubicado en Manila, es considerada la maternidad más ajetreada del mundo. Llantos de bebés se trenzan con la estridente megafonía, docenas de enfermeras que no paran de circular y un calor asfixiante y húmedo apenas atenuado por unos ventiladores donados por una escuela china de la capital filipina. 

sábado, 8 de noviembre de 2014

La otra ayuda humanitaria



Dos whiskys on the rocks”. Son las diez de la noche de un sábado y Mark recibe la misma petición por segunda vez. Se gira al rincón donde tiene las pócimas, prepara las bebidas y las sirve. El cliente es un hombre blanco en la cuarentena que trabaja en una organización humanitaria en Tacloban, la ciudad más afectada por el tifón Haiyán. Hoy hace un año que se llevó casi 3.000 vidas allí; más de 6.500 en toda Filipinas.

martes, 2 de septiembre de 2014

Nadadores sin fronteras


Aunque muy dado a la risión, el antirécord olímpico de Eric Moussambani en Sidney no fue sino la muestra de una trágica realidad africana. “Aprendí a nadar leyendo libros y preguntando y así. Y la gente me decía que tenía que mover las piernas y los brazos de manera sincronizada”, explica el nadador ecuatoguineano. “Los únicos que sabían nadar entonces en mi país eran los pescadores. Pero no nadar en el sentido profesional, sino simplemente nadar como para no ahogarse. Flotar”.

lunes, 12 de mayo de 2014

Late Tacloban


En Tacloban, los buenos días se dan en un código morse de martillazos. Apenas se levanta el sol en la ciudad más devastada por el tifón Haiyán, los vecinos se afanan en reconstruir muros y tejados. Hoy se cumple medio año desde que la mayor tormenta de la historia (alrededor de 6.300 muertos, cerca de 3.000 de ellos en esta ciudad) dibujara un paisaje post-apocalíptico: barcos en tierra, coches en azoteas, cuerpos por doquier y palmeras arrancadas de cuajo.

jueves, 17 de octubre de 2013

Kibera International Airport

A las siete y diecinueve del 7 de agosto, entró a mi móvil el siguiente mensaje: Fire reported at JKIA International Airport. Media reports indicate to avoid area. Expect possible delays in flights.

Me lo había reenviado Lucía, una amiga asturiana con quien, junto a su marido y su hijo, volaba hacia Madrid al día siguiente para disfrutar de unas no-sé-si-merecidas-pero-desde-luego-necesarias vacaciones. El mensaje posterior fue un emoticono con cara de mecagonsusmuertos, seguido de uno que nos alertaba de que se habían suspendido todos los vuelos.

Las imágenes que llegaban desde el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta (JKIA) eran tal que así:


¿A alguien se le ocurre un modo mejor de empezar las vacaciones?

viernes, 5 de octubre de 2012

Este de África, año dos

Con todo el rollo de Somalia encima, se me había pasado celebrar por acá el segundo aniversario de este blog y, por tanto, los dos años desde que aterricé en Nairobi. Esta vez no habrá cambios de diseño porque los bidujitos que nos apañaron los pequeños monstruos nos quedan que ni pintaos. Pero sí habrá tiempo para repasar lo que ha sucedido por aquí en un año, que no ha sido poco:

No es un recuerdo agradable, pero sí que será difícil de borrar. Fue la primera vez que me topé con muertos, totalmente a traición. Más de cien personas calcinadas mientras robaban combustible de un oleoducto con fugas en una barriada chabolista de Nairobi...


miércoles, 28 de marzo de 2012

Desayuno con petróleo. Y con legañas.

Madrugar mata. Deberían poner una pegatina al estilo de las de las cajetillas de tabaco en los despertadores. Esta mañana, aún con legañas en los ojos y un sueño de tres mil quinientos pares de cojones, he ido a la presentación en Nairobi de Africa's Future. Darkness to Destiny, de Duncan Clarke. Que, dicho así, puede dar bastante respeto, pero ha resultado ser hasta interesante.

Clarke es el big boss de la consultoría de petróleo y recursos naturales Global Pacific and Partners, que ha asesorado a gobiernos y empresas de todo el mundo en esta materia, lleva cuarenta años estudiando el tema y ha escrito cuatro libros sobre eso, incluido el que acabo de mencionar. Vamos, que se le debería suponer algún conocimiento sobre el tema. Tras la rueda de prensa -a la que hemos asistido Perry, Rita, la madre del topo y un servidor, básicamente-, he aprovechado para hacerle unas preguntillas...

"Las maldiciones de África son los políticos y sus políticas", asegura.

martes, 6 de marzo de 2012

Impresiones entre el caos

Es el título de texto que ha mandado, hace unas horas, el corresponsal en Brazaville del medio para el que trabajo. Una breve reflexión en medio de los cascotes que dejaron las explosiones provocadas por el incendio en un arsenal de armas de la capital de la República del Congo este domingo, que causó entre 146 muertos (según el Gobierno) y más de 200, de acuerdo a las cifras de la prensa local.

El trabajo de campo sorprende a menudo por lo que llegas a encontrarte. A pesar de que sólo se habla de muertos y de heridos, ayer por la noche, después de presenciar cómo varios afectados regresaban a revisar las ruinas de [lo que habían sido] sus hogares, un tipo me preguntó que para quién trabajaba. "Para Efe, una agencia española". Y, el caballero, a pesar de su situación, me dijo que había visto el partido del Real Madrid del domingo en el refugio [donde el Gobierno le había ubicado]. Es extraña, la vida.

Aquí, la crónica que ha publicado mi compañero. Su perfil de un pueblo hastiado por la corrupción no tiene desperdicio.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Apuntes sobre Durban

No parece mal momento -ahora que Canadá ha confirmado oficialmente que se retira del Protocolo de Kioto- para mirar un poco hacia atrás y contar algo sobre lo acontecido en Durban (Sudáfrica), en la XVII cumbre de la ONU sobre Cambio climático.

No tengo ningún tipo de formación científica y lo que contaré serán sólo apuntes y dudas de lo visto/oído/aprendido en la ciudad sudafricana. Así que si el asunto del cambio climático te la trae al pairo, no sigas leyendo. Si te interesa mínimamente, lo mismo hasta encuentras algo de provecho en la morcilla que soltaré a continuación.

martes, 18 de octubre de 2011

Soluciones Ikea para Dadaab

A finales de agosto, el gigante sueco del mobiliario, Ikea, anunció la donación de 62 millones de dólares al Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR, para los amigos), la mayor que esta agencia humanitaria ha recibido de un donante privado en su historia. Para ponerlo en contexto: es el doble de lo que ha donado España al Cuerno de África durante esta crisis. Con este desembolso -explica la propia Fundación Ikea en su página web- se prevé ayudar a unas 120.000 personas en los próximos 3 años.

Me van a permitir la gracia, pero lo primero que a uno se le viene a la cabeza es que los de Ikea se dejaron llevar por el impulso de que donde caben dos, caben tres...



...y vieron que en Dadaab, donde caben 290.000 (hasta la apertura de Ifo II y Kambioos, hace pocas semanas, la capacidad era de 90.000), caben 444.381. Y aumentado. O imaginarse a los refugiados, llave allen en mano, montándose su cama Strofjk en vez de esa especie de iglúes de paja y plástico que construyen al llegar a los campos, mientras esperan que ANCUR les provea su primera tienda.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Muertos



Creo que es el inicio de Tesis (Alejandro Amenábar, 1996) el primer recuerdo que tengo del concepto ver a una persona muerta. Pero no ha sido hasta este lunes cuando me ha tocado. De hecho, no vi sólo un cuerpo, sino que conté 46. Cadáveres carbonizados, algunos con las tripas fuera, algunos quemados hasta los huesos, algunos con gesto aún reconocible, con ropa. Todos muertos, como siniestros muñecos en el más macabro decorado imaginable. La imagen me trajo a la cabeza de inmediato una visita a Pompeya, hace ya más de ocho años: cuerpos calcinados.


...sólo que la barriada chabolista de Sinaí, en el sureste de Nairobi, no está rodeada de un paraje incomparable, como Pompeya. O, más bien, casi 2.000 años después de que la lava del Vesubio sepultara la ciudad romana, la favela keniana no tiene casas de piedra o calles asfaltadas en su zona cero. Seguramente sus habitantes tampoco tengan el mismo acceso a la sanidad, la educación o al esparcimiento como tenían los pompeyanos. Y estamos comparando un lugar del siglo XXI con una ciudad de hace dos milenios.

Pero el día había comenzado mucho antes de aquellas escenas. Se torció alrededor del mediodía, cuando ví que AFP publicaba que una explosión en un oleodcuto situado en una favela de Nairobi había dejado más de 100 muertos. Gente que había aprovechado una fuga en una tubería para hacer acopio de combustible y ahorrarse (o ganarse) unos chelines. Llamé inmediatamente a Edu -el corresponsal de ABC en Nairobi- y nos pusimos en marcha tan pronto como pudimos...


viernes, 19 de agosto de 2011

Mientras tanto, en el Cuerno de África...

Llevaba yo unos días dándole vueltas a cómo volver a contar algo de la hambruna en el Cuerno de África. Como ahora Susan (tidad) está en Ejpaña, el tema ha pasado a un segundo plano. En breve, veremos cómo pasa a tercer y cuarto plano hasta que la gente se olvide. Y porque no hay otro Madrid-Barça el sábado, que si no la gente ya ni sabría que hay algo que se llama Somalia.

No me he matado a buscar, pero no he visto en el discurso de ayer de Benedicto XVI referencia alguna a la hambruna. Dijo hace unos días que rezaría por las víctimas, lo que a mis ojos de laicista de patas de cabra, tridente, rabo en punta y cuernos equivale a que yo diga "me echaré una siesta por ellos". Seamos serios: a la gente afectada le cambia exactamente lo mismo. Y luego uno se entera de cosas de estas, y asín que nos va.

En fin, que tampoco voy a descubrir el mundo si digo que esto de la hambruna tiene más frentes que la Alemania nazi en sus últimos días. Vayamos, pues, por partes.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Dadaab, en imágenes

Empecé con una foto, ahora van varias más. Para contar lo que no pueden explicar las letras.










Imaginad 15 días caminando por un lugar así...


La "báscula" de la izquierda es para pesar a los críos






Desde el aire, volviendo a Nairobi. Los puntos blancos son tiendas. Desde el aire, las personas no son más que un punto. Como en aquella genial escena de El Tercer Hombre...




Para quien se quede con ganas de más, una increíble galería de un fotógrafo de verdad, para Médicos sin Fronteras.

domingo, 31 de julio de 2011

Dos días en Dadaab

Un jueves cualquiera, un fotógrafo inglés y tres periodistas españoles partimos hacia los campamentos de refugiados de Dadaab. El viaje son nueve horas en autobús, de las que mi cerebro ha preferido eliminar todas ellas excepto dos momentos: los tres avestruces avistados por el camino y el doloroso recuerdo de los baches, que contribuyeron a que mi ya de por sí maltrecha espalda quedara en forma de uve doble. Y esto último preferiría olvidarlo también.

Un mapa muy apañao que he mangao del New York Times...

Dadaab está en el este de Kenia, a apenas cien kilómetros de la frontera con Somalia, en una zona árida a la que la sequía insiste en poner a prueba. Se ven muchos camellos, más que cabras o vacas, cuyos esqueletos no son difíciles de identificar junto al camino. Dicen que hay hienas, pero yo sólo veo a su hermano carroñero volador, el marabú. Hay infinidad y son todos igualmente repelentes.

Para hacerse una idea del paisaje, Dagahaley (uno de los tres campamentos que, junto a Ifo y Hagadera, forman Dadaab) significa "el lugar de las piedras". Y doy fe de que el nombre es generoso, porque no hay más que tierra, polvo, un calor insoportable, matojos secos y alguna acacia coronada por un marabú.


Entre lo deprimente del paisaje natural (el retratado en la foto no es lo habitual), se cuelan escenas divertidas del triste-y-no-menos-deprimente paisaje humano:

Sólo cuando empecé a fotografiarles me di cuenta de que se habían alejado para que sus hermanos cagaran tranquilos. Normal que estuvieran rotos de risa...

La mayoría de los refugiados son madres jóvenes. Huyen de la guerra en Somalia, que dura ya 20 años, y cuyas condiciones ha recrudecido la sequía y, ahora, el estado de hambruna declarado por la ONU en dos provincias del sur. El ganado de estos refugiados ha muerto o se lo ha apropiado el grupo radical islámico Al Shabab, vinculado a Al Qaeda y que combate al Gobierno Federal de Transción somalí para instaurar un estado musulmán en la región.

Las consecuencias de la sequía -la peor en el Cuerno de África en 60 años, según las Naciones Unidas- y la guerra las sufren los de siempre. Gente con la que hablo ha caminado 15 días para llegar a Dadaab, pero mis compañeros me dicen que algunos de sus entrevistados han incluso doblado la duración de esa -literal- travesía en el desierto. Ese mismo día, según un trabajador de Dadaab, a las 9 de la mañana había 33 grados. Para hacerse una idea.

Los tres campamentos de Dadaab se construyeron a principios de los 90 para acoger a los somalíes que huían de la guerra, cuando ésta comenzaba. Se diseñaron para acoger a 90.000 personas y ya son alrededor de 400.000. Las matemáticas siempre se me han dado fatal, pero me llega para calcular que, agolpados en los alrededores de los campos, hay... un huevo de gente en tiendas provisionales, una especie de iglúes de paja, tela y plástico. Este asentamiento, en teoría provisional, es el tercer núcleo poblacional de Kenia en número de habitantes, por detrás de Nairobi y Mombasa. En España, se aproximaría a la población de Murcia, séptima ciudad del país.

Los refugiados más afortunados tienen ya una tienda de verdad proporcionada por ACNUR. Los que llevan años en los campamentos tienen hasta sus propias chabolas de chapa montadas en una pequeña población, con mercado y todo. Nos dice una trabajadora de ACNUR que, al principio, los somalíes ricos de Mogadiscio que huyeron de la guerra, se establecieron en Hagadera, el que sigue siendo el campamento "más sofisticado", dice. Es también el más alejado de Somalia de los tres.

En medio de este panorama, llega una alta funcionaria española a ver que, uf, las cosas están chungas aquí, y hay que reaccionar. Y para que los medios le demos publicidad. El mío me obliga a cubrir una visita que, de otro modo, habría obviado gustosamente. Esta señora habla de un sitio llamado Ifon, un término a medio camino entre el nombre del campamento de Ifo y el iPhone.

No sólo existe Ifo, sino que también Ifo 2 e Ifo 3. El número 2 está listo, con tanques de agua, letrinas, parcelas delimitadas para las tiendas y algunas casas de arcilla que ya quisieran para sí buena parte de los kenianos. De hecho, un trabajador de Care International me cuenta que la población local, los habitantes de Dadaab pueblo, se quejan de no poder optar a los servicios dispensados a los refugiados, a pesar de estarles acogiendo en su tierra.

Casas de verdad en Ifo 2

No obstante, aunque Ifo 2 está listo, al Gobierno de Kenia no le hace gracia dar un alojamiento permanente a cientos de miles de refugiados. Pero -me decía el responsable de ACNUR en Kenia, el español Javier López-Cifuentes-, hay que reconocer la labor de Kenia alojando a innumerables refugiados de los países vecinos en su territorio. No hay más que ver la que se lió en la isla italiana de Lampedusa por 20.000 personas y sacar cada uno sus propias conclusiones.

En Dadaab me topo -una vez más- con la perversión de los medios, de la que la mayoría de los periodistas, de uno u otro modo, participamos. Por eso les digo a mis padres que se crean más bien poco de lo que leen en la prensa. El otro día, sin ir más lejos, El País destacaba que la guerra había vuelto a las calles de Mogadiscio. Y firmado desde Madrid. Con dos cojones, "el periódico de referencia". No llevo ni un año en Kenia y he pasado innumerables teletipos de diez o quince muertos en enfrentamientos en la capital somalí.

Me estoy dispersando... ¡ah! ¡sí! Los periodistas. Qué raza que somos. Si no grabamos al niño más famélico de todo el hospital no somos felices. Nos cuenta una trabajadora de Médicos sin Fronteras que una televisión estuvo cerca de una hora haciendo preguntas a una señora, que estaba junto a su hijo malnutrido. Se pueden captar imágenes así sin perder las formas, coño, y dejando en paz a la gente, que bastante tiene con lo que tiene. La única parte buena que le veo es que la imagen de un chaval esquelético puede motivar una respuesta. Aunque en vez de ayuda humanitaria, esa respuesta puede ser apretar el + del mando a distancia, cambiar de canal y seguir comiendo el filete empanao.

Una de las partes malas: llega la idea de que sólo hay niños malnutridos. Me lo han preguntado ya varias personas y yo mismo llegaba con esa idea. Y no sé si es que cada vez me voy haciendo más viejo y cínico o que la vida en Nairobi me ha acostumbrado a ver gente muy jodida por la calle. O quizás otras muchas cosas. El caso es que un compañero y yo coincidimos en señalar que nos lo esperábamos peor. Afortunadamente, no cumplió con nuestras expectativas. Lo cual no quiere decir que la gente no esté en una situación precaria a más no poder. Todo esto lo comentamos, bebida en mano, en el bar del complejo de ACNUR, donde tenemos habitaciones con ducha y aire acondicionado. Es complicado no volverse loco con los contrastes.

No obstante, por primera vez en muuuucho tiempo, suelto una lágrima. No lo digo por hacerme el duro -que quienes me conocen bien saben que soy un sensiblero de cuidao-, pero es cierto que me cuesta llorar. La lágrima me la provoca la visión de un niño famélico, un esqueleto diminuto recubierto de piel al que su madre está bañanado. Da la impresión de que se puede romper en cualquier momento. Bajo la cabeza, igual que hago cuando veo una escena de quirófano en la tele. Sólo que ésta imagen me provoca congoja y no asco. Y pienso -y así se lo digo a un compañero- que, en el llamado "primer mundo", estamos locos.

Un refrán castellano reza: muerto el perro, se acabó la rabia. Pero claro, matar -o, mejor aún: sanar- a Somalia no es como arreglar el guardabarros delantero de la bici (que es lo que me dispongo a hacer en cuanto termine de teclear esto). Pero, si Somalia funcionara mínimamente, quizá dejaríamos de ver capítulos de piratería en el Índico o refugiados que abandonan su tierra o teletipos de agencia de veinte muertos en el mercado de Bakara, en Mogadiscio, un día entre semana.

La situación actual es, en definitiva, un cúmulo de enormes problemas a los que, por reduccionismo, les hemos terminado dando el nombre de un punto geográfico: Dadaab. Los frentes de este problema son infinidad y de difícil solución. O lo mismo es que soy un lerdo y aún no me he enterado de que no interesa solucionarlos. Quién puñetas sabe.


* Nota mental: no volver a decir "me muero de hambre", "joder, qué puto calor" o "la puta, qué sed". Se ha convertido en una cuestión de respeto.

martes, 26 de julio de 2011

Naturaleza muerta


Una foto para abrir boca, después de este largo paréntesis. Luego vendrá mucho más.

He estado en el campamento de refugiados de Dadaab -el que dicen que es el mayor del mundo- y después me han llevado al norte de Kenia a ver cómo salen adelante en una de las zonas más afectadas por la sequía, esa que la ONU considera que es la peor de los últimos 60 años en el Cuerno de África. Se calcula que hay once millones de afectados por la sequía en la región. Casi nada.