sábado, 8 de noviembre de 2014

La otra ayuda humanitaria



Dos whiskys on the rocks”. Son las diez de la noche de un sábado y Mark recibe la misma petición por segunda vez. Se gira al rincón donde tiene las pócimas, prepara las bebidas y las sirve. El cliente es un hombre blanco en la cuarentena que trabaja en una organización humanitaria en Tacloban, la ciudad más afectada por el tifón Haiyán. Hoy hace un año que se llevó casi 3.000 vidas allí; más de 6.500 en toda Filipinas.

Durante el fin de semana, cada noche sirvo unas cinco o seis cajas de botellines de cerveza, y unas 300 copas”, asegura Mark. Un gintónic cuesta cien pesos (euro y medio), como casi cada combinado, incluido el cóctel local, el 'tirachinas de Tacloban': ginebra, miel, limón y soda. “Hay muchos trabajadores expatriados que vienen al bar, pero no podemos depender de ellos porque se irán en unos pocos meses. Cada vez vienen más filipinos -señala el camarero-, pero necesitamos captar más clientela”. Mark trabaja en el Na Ning, el que se puede considerar el bar con más solera del Tacloban post-tifón. Hasta hace unos meses era prácticamente el único, y cada noche aparecía rodeado de cooperantes blancos en busca de un poco de distracción del trabajo humanitario.

La ciudad aloja ahora mismo a más de 2.000 trabajadores de agencias de las Naciones Unidas y de ONGs, un cuarenta por ciento de ellos expatriados (según cifras facilitadas por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU) con unas condiciones laborales muy por encima de la media filipina. Y la cifra se ha reducido según la situación ha ido avanzando la reconstrucción en la zona. El hotel Leyte Park, por ejemplo, aloja las oficinas de Oxfam. Y su aparcamiento parece un concesionario de Toyota, de la cantidad de Land Cruisers humanitarios estacionados. Estos trabajadores también buscan disfrutar un tipo de ocio que Tacloban ha podido ir ofreciendo poco a poco, y cuyo consumo local ha espoleado, por ejemplo, el regreso de la vida nocturna y la oferta de restaurantes.


El Na Ning era antes un camión-bar aparcado en el cruce de las calles Burgos y Paterno, pero el propietario del edificio destruido bajo el que se estacionaba decidió rehabilitarlo y el camión tuvo que ponerse en marcha. Ahora se ha movido una manzana y está en un solar alquilado, en el que ha colocado unas pocas mesas y sillas, y junto al que ha aparecido una hamburguesería.

Solía venir mucho al Na Ning, y un día, comentamos con el dueño que igual estaría bien montar una hamburguesería”, relata Trisha desde el otro lado de la barra del Pouki, mientras se lava las manos. Antes era repostera. “Empezar un negocio es más fácil, más rápido. Antes estaba todo muy asentado. Ahora, enseguida puede surgir algo”. La clientela dominante es expatriada, pero cada vez más -indica la dueña- los filipinos se acercan al local. Viernes, sábados y domingos pueden llegar a servir 80 hamburguesas por noche en una ciudad que se recupera del peor tifón de la historia. “Mira, los palés que hacen de mesas nos los dio la Organización Mundial de la Salud (OMS), y esas mesas redondas de ahí son de cable de la compañía eléctrica. Es un bar cien por cien reciclado de los materiales usados para reconstruir Tacloban tras el tifón”. Humor no les falta a las dueñas, que bautizaron al bar Pouki: “vagina”, en filipino. Y de ahí que ofrezcan una hamburguesa “vagitariana”.

El 'Cerebro', durante el día de su inauguración. Foto: Álvaro Barrantes

Otros taclobeños copan el Cerebro, un nuevo bar de música en directo durante el día de su inauguración. Algún expatriado ocupa también sus mesas. Kendel Esperas, el dueño, tenía un bar de copas antes de Haiyán, y sus parroquianos le rogaron que les devolviera el entretenimiento a la ciudad. Así que, una vez supo las necesidades de sus allegados cubiertas, este joven arquitecto se centró en diseñar un local en el centro de la ciudad. “Quiero que sea un referente para la música en directo en la ciudad. Pero también retransmitiremos baloncesto o boxeo”, dice con los puños en alto.

Sin embargo, las luces de los bares no es lo único que ilumina la noche de Tacloban. Nuevos semáforos señalizan los cruces del centro de la ciudad. Pero desde la OMS no dan, ni de lejos, la reconstrucción por concluida. “Ha habido recuperación, pero de cosas inmediatas. Para que funcionaran”, apunta la representante de la OMS en Filipinas, Julie Hall. “Lo que hace falta ahora es trabajar en infraestructuras permanentes, y que puedan resistir otro tifón. Y para eso harán falta entre dos y tres años”.

El Barrio 68, uno de los más pobres y afectados por Haiyán

Los habitantes de las zonas más pobres, moradores de las casas más vulnerables, siguen a la espera de un alojamiento permanente. Según el alcalde de Tacloban, Alfred Romuáldez, 4.500 familias (que suman unas 20.000 personas) continúan alojadas en viviendas precarias y temporales. Otras, ni eso. Como la familia Libutan, cuyos diez miembros sobreviven desde hace doce meses debajo del puente frente al que un día estuvo su chabola. Hasta que, hace un año, se la llevó Haiyán.

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