A las siete y diecinueve del 7 de agosto, entró a mi móvil el siguiente mensaje: Fire reported at JKIA International Airport. Media reports indicate to avoid area. Expect possible delays in flights.
Me lo había reenviado Lucía, una amiga asturiana con quien, junto a su marido y su hijo, volaba hacia Madrid al día siguiente para disfrutar de unas no-sé-si-merecidas-pero-desde-luego-necesarias vacaciones. El mensaje posterior fue un emoticono con cara de mecagonsusmuertos, seguido de uno que nos alertaba de que se habían suspendido todos los vuelos.
Las imágenes que llegaban desde el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta (JKIA) eran tal que así:
¿A alguien se le ocurre un modo mejor de empezar las vacaciones?
Me lo había reenviado Lucía, una amiga asturiana con quien, junto a su marido y su hijo, volaba hacia Madrid al día siguiente para disfrutar de unas no-sé-si-merecidas-pero-desde-luego-necesarias vacaciones. El mensaje posterior fue un emoticono con cara de mecagonsusmuertos, seguido de uno que nos alertaba de que se habían suspendido todos los vuelos.
Las imágenes que llegaban desde el Aeropuerto Internacional Jomo Kenyatta (JKIA) eran tal que así:
¿A alguien se le ocurre un modo mejor de empezar las vacaciones?


