jueves, 24 de febrero de 2011

Me llamo Cooper... Anderson Cooper

"Aquí en Nairobi hay 150 periodistas extranjeros acreditados. Bueno, no sé si son todos periodistas o agentes de la CIA, pero nosotros les damos la tarjeta de prensa y el permiso de trabajo igual".

Estas alarmantes declaraciones las escuché de boca del subdirector de Información y Comunicación del Ministerio de Información de Kenia la semana pasada cuando fui a solicitar mi carnet de prensa.

Procuré no darles mayor importancia en su momento. Pero cuando leo noticias como ésta [versión para vagos: Atacan a seis periodistas que denunciaban irregularidades durante los comicios locales en Uganda], que no es ni la primera ni la décima que me encuentro en esa línea, uno realmente se plantea si las autoridades de repúblicas bananeras como Kenia, Uganda... o como China, hacen realmente alguna distinción entre periodismo y espionaje. Y esto, compañeros, es muy grave.


* para gente que no es del mundillo y quizá no haya pillado lo del título.

3 comentarios:

Iván dijo...

¿y qué tal una república bananera como tu cabeza? :)

Tu racismo casual e implícito se me hace bastante grave, hay países primermundistas que se olvidan de distinguir entre periodismo y espionaje según les convenga y eso, mi amigo, es más grave.

Javi dijo...

Hola, Iván,
gracias por tu insulto gratuito.
En ningún momento he dicho que en los países primermundistas no lo haya. En mi propio país, España, hay veces que es así. He vivido en Italia y también sé que en ocasiones es así. Si vas abajo del todo del blog, verás que vengo a decir que cualquier parte del mundo es una república bananera.
Aquí hablo de Kenia, China y Uganda (vivo en el primero y he vivido en el segundo), tres países en los que he ejercido y ejerzo como periodista. Y sé las trabas que a las que nos enfrentamos y las suspicacias que levantamos. Siempre intento hablar sólo de lo que conozco, porque si no acabaría diciendo chorradas. Ya sabes que eso de hablar sin saber es un vicio muy extendido...

Tricio dijo...

Bien Iván, bien. A eso le llamo yo entrar como un elefante en una cacharrería.