sábado, 3 de noviembre de 2012

Reprimiendo las ganas de un baño

Esperaba un nuevo pasaporte para volver de Uganda a Kenia y me encontré, al improviso, con unos cuantos días de regalo en el país vecino. Estaba en una casa de prestado, a media hora en moto de Kampala.

En los ratos muertos en aquella casa de Munyonyo, cuando mis anfitriones se encontraban ocupados y zanjaba el trabajo del día, no me quedaba mucho por hacer. Por eso, en ocasiones, salía de la casa y caminaba por un camino vecino hasta el final. Porque allí estaba el lago. El lago. El Lago Victoria.

Vista del Lago Victoria en Munyonyo que viene al pelo: "Chapuzones por tu cuenta y riesgo". Cortesía de Google Imágenes

No recuerdo de dónde me vino la manía (una más de las incontables que tengo) de tocar las cosas, no conformándome con verlas. El primer recuerdo que me viene ahora a la cabeza data de hace una década, cuando, en la Acrópolis de Atenas, me dio por manosear los cortes del mármol que las tantas veces recompuestas columnas del conjunto monumental dejaban entrever.

Frente al Lago Victoria, unos años después, me sucedió lo mismo. Aunque fuera, tenía que tocar el agua. Porque no me podía bañar.

Me habían alertado desde el principio. "Ni se te ocurra bañarte en el lago, que puedes pillar bilharzia", advirtió enseguida mi anfitriona, la genial Begoña Caparrós. Como soy un tanto duro de oído y no estaba familiarizado con el término, le debí de pedir que me lo repitiera como tres o cuatro veces. Después, hice lo que todos hacemos en estos casos: preguntarle a Google. Y éste me condujo -cómo no- a la entrada relacionada de la Wikipedia, que a su vez me llevó a la de la Organización Mundial de la Salud.

Se trata de una enfermedad parasitaria crónica que se contrae, entre otros lugares, en lagos tropicales de zonas en desarrollo. Motivo por el que varias agencias de viajes que incluyen visitas al lago desaconsejan el baño. Según la OMS, unos 240 millones de personas padecen esquisotosomiasis -como se la conoce en castellano-, que penetra en el cuerpo humano a través de la piel y puede causar daños irreversibles en numerosos órganos vitales. Una razón más que suficiente para no darse un chapuzón en uno de los mayores lagos del mundo. Pero es que sus aguas son tan tentadoras...

El Lago Victoria, en una orilla ugandesa, en Entebbe

Aquella vez sólo pude ver las fuentes del Nilo Blanco de pasada desde un autobús rumbo a Nairobi, y por entonces poco sabía del Nilo Azul, cuyos orígenes muchos localizan en el etíope Lago Tana. La vista del Tana en una terraza de un hotel infecto en Bahir Dar, meses después, me hizo revivir las ganas de un baño del que tampoco esa vez disfruté.

Vista del Lago Tana desde Bahir Dar, en el noroeste de Eiopía

La razón principal -viéndolo de cerca mientras navegábamos de isla en isla para visitar rudimentarios y sorprendentes templos cristianos- fue el color del agua. El marronáceo de las aguas hacía que asemejara más a una gran ciénaga que a una idílica playa.



 




De un color sin duda más apetecible, y en una situación más agradable si cabe, invitaban al baño las aguas de la orilla ruandesa del Lago Kivu.




Vista del Lago Kivu desde una colina a las afueras de Gisenyi, en el noroeste de Ruanda

La playa de Gisenyi


Los motivos para descartar el baño aquí, además de la impronunciable enfermedad, iban por otros derroteros. Para explicarlo, cedo la palabra a una fuente autorizada como es, ejem... la Lonely Planet (traducción libre):

Hay algunas partes del Lago Kivu, en especial alrededor de Gisenyi, en las que es muy, muy peligroso bañarse. La culpa no la tienen hipopótamos o cocodrilos, sino más bien gases volcánicos que afloran desde el fondo. Cuando no hay fuertes vientos, estos gases se pueden concentrar en la superficie del agua, y unas cuantas personas se han asfixiado como resultado de las llamadas erupciones límnicas. Moraleja: observa dónde se bañan los indígenas y asegúrate de hacer lo mismo.

Hasta ahora, sólo se han avistado dos erupciones límnicas: en ambas ocasiones las consecuencias fueron letales. En 1984, 37 personas murieron asfixiadas por erupciones límnicas en el Lago Monoun, en Camerún. Dos años después, una segunda erupción, todavía más mortal, sucedió en el vecino Lago Nyos, que liberó 80 millones de metros cúbicos de dióxido de carbono y mataron a entre 1.700 y 1.800 personas.

No hay constancia de grandes erupciones límnicas en el Lago Kivu, pero sus aguas más profundas contienen grandes cantidades de CO2 y metano disuelto. De hecho, muestras de sus sedimentos tomadas por el profesor Robert Hecky, de la Universidad de Michigan, indican que los seres vivos que habitan el lago suelen extinguirse, aproximadamente, cada mil años. 

Si una erupción sucede, la explosión del metano subacuático seguramente empujaría una gran nube de CO2 a la superficie, y provocaría una serie de tsunamis en las orillas. Como el dióxido de carbono es más denso que el aire, quedaría a ras de suelo, empujando el oxígeno hacia arriba. Llegado este punto, hay muy poco que puedas hacer para sobrevivir, y es sólo cuestión de tiempo que sucumbas al envenenamiento de CO2, la asfixia, que te ahogues o a una cruel combinación de las tres. Para empeorar las cosas, la última cosa que seguramente olerías serían los vapores cálidos del metano en combustión, que recuerdan a un gigantesco pedo terrestre.

Cartel ilustrativo sobre la extracción de metano junto a la playa de Gisenyi

El cartel de la foto de arriba -que afirma que uno se puede bañar tan tranquilo en las aguas del Kivu- explica que los recursos del lago están compartidos con la República Democrática del Congo. Éstos, dice el letrero, podría suministrar energía a la mitad de los 11 millones de ruandeses durante los próximos 50 años, y podrían usarse para fabricar fertilizantes y carburantes.

A pesar de la afirmación rotunda del cartel, tampoco esa vez hubo baño.

Aunque por motivos distintos, una sensación similar me asaltó por última vez el pasado agosto en Mogadiscio, cuando nos enseñaron la playa del Lido.

Foto: Júlia Badenes

También en aquella ocasión tuve que quedarme en la orilla y conformarme con sudar la humedad, inspirar el olor a sal y, por supuesto... tocar el agua del Índico.

3 comentarios:

Manuela Forajida dijo...

Yo me pegué un chapuzón con muchísima alegría en el lago de Atitlan, en Guatemala (dime si no era apetecible http://www.comuntierra.org/site/imagens/editor/images/Lake-Atitlan.jpg) y después me enteré de que desde 2009 proliferaba por allí una cianobacteria murrica y las autoridades desaconsejaban el contacto directo con la bacteria. De momento, aquí sigo

Javier Triana dijo...

Quién se resistiría a eso, ¿eh? Pero ahora me explico lo que que brilles en los pubs... ;P

sanbru dijo...

Tu siempres has sido muy de tocar...o tocarte.

No se si buscar que pasaría en el Ebro..